Dos veces acudiste a mi rescate: La primera cuando la benemérita me “secuestró”, en otro momento detallaremos el episodio, y tú con tu encanto habitual les convenciste de que yo era buena persona, pero que a las tantas de la madrugada, con tantos calimochos de más, no es justo exigirle a alguien que mida sus palabras. Quedé en libertad. Fue en el verano del 2002, cuando aún estaban intactas tu salud y tu frescura.
La segunda en el pasado invierno. Esta vez, sin quitarle méritos a la guardia civil, el rapto era obra de algo mucho más constante y peligroso.
Te llamé, al momento estabas, te conté mis penas y respondiste: “Creo que para que nos entendamos te sobra esto", y me quitaste de las manos la botella.
Hablamos; la madurez de tus palabras despejaban nubarrones abriendo horizontes. Mis ideas se aclararon, comprendí yo muchas cosas, y ahora sí me hice entender: Le diste vida a ese día mío. Me liberé.
La enfermedad ya estaba enraizada en tu cuerpo, pero conservabas saludable el corazón y el juicio: tu frescura. No mencionaste tu mal, tu único interés era mi bien.
Ese eras tú, pendiente más de los demás que de ti mismo, un día antes de morir estabas haciendo planes para sacar de marcha a tu compañero de habitación y que así se espabilara. Ese eres tú! reconociendo siempre las virtudes de los demás, y capaz de descubrir, como en mi caso, las latentes. Este eres tú, compendio de virtudes, incluso la belleza física, tan bien llevada, y hasta el último instante, exento siempre de arrogancia, pedantería y presunción, que jamás provocan envidia, ni tan siquiera la sana, pues lo sano es reconocerte, admirarte, quererte.
Han pasado seis meses, la vida sigue, estamos en Navidad. En el Belén falta el niño.
Dos veces acudiste a mi rescate, un millón acudirás a mi memoria, que es la única manera que tengo de rescatarte... Que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero.
Josem. Febrero 2006