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Sexto día: Al día siguiente nos levantamos un poco tarde, en parte por la juerga del día anterior, en parte porque era el día de la despedida de los muleros y la vuelta a Marrakech y no teníamos las prisas de hacer una nueva ruta. Ese parecía ser el plan, pero de nuevo la mañana habría de deparar algunas sorpresas más.
La despedida de los muleros y del cocinero fue muy emotiva. Después de 6 días de montar y desmontar campamentos y, sobre todo, de las 5 noches de juerga, existía cierto afecto entre todos.
Los niños se fueron acercando y gracias al “truco” de enseñarles las fotos que hacía, tomaron la iniciativa de posar para la cámara. Creíamos que los 4x4 vendrían a recogernos pero More nos anunció que estaba prevista una pequeña caminata más, hasta el cercano pueblo de Tifourt donde esperaban los vehículos. La nueva noticia la interpreté como mi última oportunidad de hacer fotos a aquellas gentes y sus modos de vida.
Los niños corrieron la voz de que enseñaba las fotos, así que venían otros pidiéndome hacerles foto. Era curioso, pero su tendencia era salir en la foto con su amigo del alma. Uno se empeño en que hiciera una foto a un grillo amarillo que había cogido para la ocasión. Ya en las afueras llegaron nuevos niños pidiendo fotos. Un poco cansado les pedí que se pusieran detrás de un borriquillo pero ellos hacían con gesto que era peligro acercase pues les podía tirar coces. Todo lo más se agarraron al largo ronzal a una distancia prudente del borrico. En la foto salieron partidos de risa y así continuaron cuando se vieron en la pantalla. Después vinieron las despedidas. En el pueblo de al lado, Tagjdit, una bonita mujer no se quedaba quieta hasta que le di una moneda. Fue un momento emocionante cuando se vio en pantalla. Llevé los dedos a mi boca y los extendí hacia fuera para indicarle que había quedado preciosa. Ella me lo agradeció con una mirada a lo hondo. Seguí haciendo fotos a cualquiera que no me diera el culo o que al menos quedara un segundo mirando antes de darse la vuelta. Una niña pequeñita apoyada en una esquina, una mujer cargada con un manojo de hierva, otra llevando un borrico, unas niñas susurrando cómplices con sonrisas azaradas … Todos, con esas sonrisas tan veraces que no cesaban, con aquellas vestimentas de colores alegres me envolvían en un mundo bereber tan fácil de idealizar y tan difícil de vivir.
Entre ambos pueblos vi a una mujer pegándole duro a la siega del trigo. Más adelante, tres jóvenes cargadas con brazadas de hierba se sentaron para descansar y observar a mis compañeros que iban por delante. Después .. ya no hubo tiempo para más. Solo yo quedaba por subir a los vehículos que nos llevarían a Marrakech. Cuando volvíamos, la cima del Siroua nos dio la oportunidad de despedirnos de ella desde la lejanía.
Llegamos a Marrakech entrada la tarde. Allí disponíamos de dos días libres para conocerla. Pero esa ya es otra historia. |
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