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Quinto día Por la mañana, el canto de gallos, el rebuznar de burros, el cloar de ranas y el trinar de pájaros me levantaron la nostalgia hasta hacerse arrebatada. Eran demasiados evidentes los motivos para sustraerme a ellos. Comencé la caminata del día en ese tono y proseguí durante todo el día con el mismo, interpretando lo nuevo a través del filtro nostálgico. Y es que no faltaba la ocasión para que apareciera algo sorprendente que me llevara para atrás. Fue un día alucinante o al menos así me lo pareció. Era como añadir más y más estímulos a mis sentidos ya saturados. Unas niñas jugaban a evitar ser fotografiadas mientras cantaban en el interior de una higuera. Paciente esperé con el dedo en el botón. Ahí está!
Nuevas corralizas. El río otra vez tomaba su tenaz angostura anterior y el camino debía transcurrir por cotas más altas. Poco a poco nos fuimos acercando a Mazwad. Nuevas gentes, nuevas casas de adobe y un albañil construyendo una. El camino continuaba por la vega. Las amapolas entre el trigal y las florecillas hasta en los lugares más secos hacían recordar que estábamos en la estación primaveral.
De pronto ¡siemprevivas! Era sorprendente encontrar esas plantas, tan peculiares del parque natural de Cabo de Gata, en un sitio tan lejano. El paso por el pueblo de Tamgout fue alucinante. Hasta entonces, el contacto entre nosotros y la gente de los pueblos se establecía desde la necesidad de ellos y la curiosidad de ambos. El protocolo nunca iba más allá de la satisfacción de nuestros objetivos y se mantenía rígido y tenaz en cada sitio por donde pasamos. En este pueblo todo saltó por lo aires. Creo que hubo pena por ambas partes en el momento del adiós (ver cara de algunos niños en la última foto dedicada a este pueblo). Una bonita kasbah ya en franco deterioro nos recibió, después, las casitas de adobe. Pronto se fueron arremolinando los niños que parecían especialmente alegres y comunicativos. Su actitud contrastaba fuertemente con la de los pueblos dejados más arriba. Creo que fue entonces cuando apareció Victoria, una joven de no más de 15 años que apenas nos vió se dirigió resueltamente a entablar conversación con nosotros. Vi la escena desde lejos. Parece ser que a Mercé le dijo haber estado por corto tiempo en Madrid. Aproveché mi lejanía para fotografiarla. Cuando ella me miró, sentí que la cámara se llenaba de su presencia. A pesar de su juventud, hacía gala de una madurez y aplomo que me recordaba a Fermina Daza la heroína de Gabriel García Márquez en el Amor en los Tiempos del Colera que era “dueña de su índole”. Se dirigió a mí exigiéndome bravamente no se bien si las fotos realizadas o algo de dinero. Parece que fue lo segundo pues se aplacó su enfado apenas le dí una moneda.
A las afueras del pueblo, en un rellano de la parte alta de la colina Mohamed hizo un descanso. Estaba tan entusiasmado con observando el ajetreo de los niños que esa vez no tomé los frutos secos que ofrecía el guía. Mientras las niñas quedaron a una distancia prudencial, los niños se acomodaron en las rocas cercanas. Intenté hacer algunas fotos a las niñas utilizando el fuerte zoom de mi cámara. Al darse cuenta de que las enfocaba, divertidas y jugetonas, comenzaron a bailar. Me pareció a mí que las de más edad, en un momento descarado de exhibición y deshibición, esbozaron insinuantes movimientos sensuales (ver fotos). Sin apenas darles oportunidad de ocultarse, enfoqué y disparé unas fotos a los niños, una vez que tenía bien reglados los parámetros de la cámara.
Entonces se me ocurrió hacer lo que otras veces me había permitido cierto acercamiento a los niños: enseñarles las fotos. Me acerqué mostrándoles la pantalla de la cámara. Reacios al principios pero acercándose más y más después, fueron pasando todos por delante de las fotos. En esto que llegaron, curiosas, las niñas. Les enseñé aquellas donde ellas bailaban. Todos reían divertidos al ver las fotos. Por primera vez pude contemplar con satisfacción en una sola mirada niños y niñas juntos. Por primera vez sentí que las barreras caían. Por primera vez se dejaron fotografiar pidiéndolo ellos mismos. Eso sí, a condición de que justo después pudieran verse. Solicito, se las enseñaba, y así, poco a poco, sentíamos la grata sensación de cercanía. A Xabi, quizá porque percibiera ese momento especial de comunicación, se le ocurrió hacernos una foto. Mi agradecimiento por este detalle llega más allá y no queda compensado con mi esfuerzo por compartir mis fotos y vivencias en la web. Sin tanta palabra, las fotos que hizo Xabi muestran la alegría del momento y siento que mis esfuerzos para describirlo con palabras se hace pesado y torpe.
Esta vez los niños nos acompañaron más allá de esa frontera imaginaria donde ellos suelen dejarnos para volver al pueblo. Tracé varias veces una línea imaginaria para que volvieran pero fue imposible. Tanta veces la atravesaron. Al final, con la ayuda de More que aprende árabe, conseguimos hacernos entender para que nos cantaran una canción como despedida. Un bonito sentimiento común nos atravesó al despedirnos. En el texto que nos suministró Banoa, la agencia de viajes que promovió la aventuras, se leía “dejamos la aldea de Tin’ider y subimos hasta un pequeño collado para descender después al comienzo del Valle de Taliouine”. Demasiado breve para reflejar la vivencia. Tras la despedida de los niños y con un ánimo pletórico, jaleado por More, me dio por cantar coplas. Dani se incorporó después, y los tres fuimos quedando rezagados con culpa del cante. A pesar de que la “subida al pequeño collado” contenía una cuesta constante que quitaba el resuello, las coplas se sucedían una tras otra “Te he de querer mientras viva”, “Y sin embargo te quiero”, “María de la O”, “Falsa monea”, las más sentías. Dani y More, de actitudes vascas, disfrutaban con mi quejío andaluz. Aunque nuestros sentimientos prototípicos tienen objetos diferentes, ambos son igualmente intensos. Andaba borracho de sensaciones, sentimientos y, físicamente, por el esfuerzo de subir y al mismo tiempo cantar. En alguna ocasión Dani tuvo que echarme una mano para no caer por la ladera. Pero poco o nada importaba ya, salvo vivir la magia del momento. En cuanto a la “bajada al comienzo del Valle de Taliouine” se convirtió en un duro, constante y pedregoso descenso sin un mal sendero que nos aliviara la pena. “Igualico es el piso de la Sierra de Gador” le dije a Angel. Cada cual bajó como pudo. En una zona donde el barranco se hacía menos angosto nos esperaban los muleros con el almuerzo. Después de una breve siesta proseguimos rambla abajo hasta llegar a la aldea de Akhfamane (1.200 m). El tiempo comenzó a empeorar pero sólo fue para fastidiarnos el montaje de las tiendas. Cerca de allí surgía el agua del río de forma espontánea. No dejaba de ser sorprendente el fenómeno cuando antes habíamos andado un buen trecho por la rambla sin percibir un resquicio de humedad.
Cuando todo estuvo en su sitio y, en la medida de las circunstancias, aceptablemente aseados, nos fuimos a visitar el pueblo. Protocolo de recibimiento. Ya adentrada la tarde, las chicas de las tres “M”, Monse, Mercé y Marga establecieron una estupenda relación con los niños del pueblo, Les enseñaron divertidas canciones que se acompañaban de movimientos con las manos. Mientras los niños participaban encantados, desde cierta lejanía parte del pueblo se arremolinó por el lugar. Las jóvenes observaban entre sorprendidas y divertidas el juego mantenido entre nuestras chicas y los niños del pueblo. Ellas nunca se hubieran atrevido a tanto. Creí ver un rubor en sus mejillas por una cercanía que consideraban prohibida.
Después, descansando en la tienda, oí en la lejanía que los muleros iniciaban, como en otras ocasiones, sus cantos bereberes al ritmo de sus panderetas, pero esta vez con una novedad: el repetido estribillo era respondido también por los niños del pueblo que se fueron incorporando poco a poco hasta convertirse casi en griterio. Recuerdo que las canciones me sonaron más alegres que nunca. Salí disparado dispuesto a participar. Al llegar la escena era vibrante y conmovedora. Niños, muleros y parte de los nuestros habían hecho un gran corro que iba girando alrededor del fuego. Los mismos cánticos de días anteriores habían tomado nuevos matices, nuevos bríos y, quizá por nuestra colaboración, algo de más imprecisión. En efecto, aunque nuestros intentos por imitar eran veraces, sólo se quedaban en pobres tonadas de la canción original. Los niños se reían divertidos al escucharnos, incluso se turnaban en el corro para disfrutar más de cerca de los “errores” de los que más alto cantábamos. Entonces ellos nos cantaban acercándose a nuestros oídos para rectificarnos. Algunos ví por los suelos tronchándose de risa. Pero nada importaba más que vivir la alegría del momento en común y que el corro no parara de dar vueltas con la complicidad de unos y otros. |
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