Cuarto día:

Siguiendo el curso del río Wanrane, al poco de salir del campamento divisamos nuevas corralizas para el ganado que me recordaban aquellas otras de mi tierra. Esta vez estaban situadas en medio de la ladera pedregosa y lejos del río que, encajonado por las fuertes pendientes circulaba unos 60m más abajo. Más de una docena de construcciones manifestaban la gran actividad que hubiera en otros tiempos dado que apenas vimos ganado y dado el estado deteriorado de los corrales. En sus laterales, cada uno de estos disponía de pequeños habitáculos de piedra, techados con tierra. Inverosímil, una tetera azúl desconchada y agujereada dormitaba varada entre las rocas. El notable retraso que llevaba respecto al grupo, me obligó a inhibir la tentación de comprobar si tenía duende, o imaginar sobre su historia y la de las manos que la sostuvieron. Quizá su panza sólo sirvió para preparar ingentes cantidades de té.

   

Un poco más adelante comenzamos a entrever signos de las cercanías de alguna aldea. Por fin, después de casi 24 horas rodeado de rocas, echaba en falta el encuentro con los alegres niños de la zona. A la derecha, las aguas de un afluente del río Wanrane caían en sucesivas cascadas desde más de 100m. Cerca del camino dos moros hablaban como si no existiera el tiempo, me llamó la atención, además de la indumentaria de por sí colorista, la parsimonia e intimidad de su diálogo. Nuestra presencia apenas inmutó su actitud.

   

A la derecha un pequeño y precioso poblado, Tihssant, había crecido al amparo del fértil río. A partir de las casitas, dispuesta en bancales y balates para aprovechar las fuertes vertientes, se extendía la verde vega. En las afueras del pueblo estaban dispuestas algunas eras para la trilla del cereal. El rincón evocaba fuertemente territorios lejanos de Alhama, mi pueblo almeriense. Todo parecía una replica salvo las eras que aquí tenían una sospechosa forma cuadrada que me hizo dudar de la identificación que hice de tales construcciones. En Andalucía todas las eras tienen una casi perfecta forma circular salvo las deterioradas por el tiempo, las más, que el continuo desplome del balate que las circunda les confiere una hermosa forma irregular sin dejar de evocar en la mente su matemática forma original.

El pequeño y bonito pueblo de Thssant Su fértil vega mora
   
El valle del rio Wanrane

Poco más adelante el valle abandonaba su tenaz angostura para dar paso a una vega fértil que daba alimento a las aldeas apostadas a su vera. La bajada a la aldea de Atougha fue de impresión continua. A mano derecha un altivo granero con patio interior parecía darnos la bienvenida, a la izquierda, una multitud de casitas de adobe, casi de juguete, dispuestas en gracioso desorden escalonado, estaban instaladas en la inclinada ladera. Las construcciones hablaban claramente de otros modos de vida.

Pronto los niños salieron a nuestro encuentro y solo nos dejaron cuando salíamos del dominio de su aldea. Una mujer de rostro apesadumbrado salió al paso para pedir una pastilla que le aliviara su dolor de cabeza. Gracias a More supimos de su petición. Cuando fui a darle una moneda intentó ocultarse, tuve que alargar exageradamente el brazo y poner una de mis mejores sonrisas para que entendiera que sólo pretendía dar. Frente al granero, Marga había entablado un alegre intercambio con una chiquita, momento en que aproveche para fotografiar una de las sonrisas más bonitas de viaje. Marga es un primor a la hora de relacionarse con las gentes del lugar.

   

Después entramos al interior del granero que parecía custodiano por un anciano del lugar, cuyo grave semblante imponía respeto. Con nosotros entraron todos los niños. Llamaba la atención la multitud de puertecitas que de forma alocada se disponían a lo largo y alto del patio. Rusticas escaleras de madera servían para ascender a cualquier lugar. La funcionalidad y pobreza de las puertas indicaban el carácter comunal e igualitario de la repartición de bienes en el lugar, lejos de sistemas de acumulación en manos de pocos tan usuales en lugares más civilizados. O no había cacique o este tenía su grano en otro lugar.

   

A la salida, como siempre ocurría, Kin y yo quedábamos rezagados del grupo. Y es que las peculiares construcciones ofrecían miles de rincones pintorescos qué bien valía fotografiar. Y bien valían volver de nuevo al lugar. En las afueras, por debajo del nivel de casas, se extendía hacia el río una sucesión de bancales con un verdor de cebada salpicado en las mantornas de un matorral verde-amarillo que lo hacía muy pintoresco.

Algunas escenas y construcciones del pintoresco pueblo
   

 

La deliciosa vega del pueblo

No habíamos asimilado aún las maravillas que nos ofrecía Atougha cuando nos acercábamos al siguiente pueblo, Tinider (1700m), nuestro lugar de acampada. De nuevo las casitas de adobe nos daban la bienvenida. Pero esta vez, entre ellas, como surgiendo con ímpetu, una magnífica kasbah bien conservada, junto a la mezquita, presidía el pueblo. Frente a la rusticidad del granero del anterior pueblo, la kasbah-granero de Tinider era señorial. Su contraste con la pobreza de las casitas del alrededor, con míseras calles de tierra y demás elementos naturales (rocas, matorrales, aguas ..) sin apenas domesticar, hablaban de un pueblo que pudo vivir con cierta riqueza en otros tiempo y, ahora, tenían una situación más humilde. Apenas me costaba evocar otros barrios marginales de los pueblos andaluces allá en los inicios de los años 60, con semejante apariencia. Como entonces, aquí los borricos iban de un lado para otro soportando las cargas que no querían sus dueños.

   
   
 

 

 
La Kasbah de Tinider
   

Pero lo que más me sumergió en el tramposo juego de la nostalgia fue cuando vi de pronto a un niño guiando un aro improvisado. Corría como si la irregularidad del terreno pedregoso no existiera para él. El aro lo había confeccionado con un tubo empalmado y la guía era un palo insertado en un envase de agua sin base, deformada para llevar encajonado el tubo. Así de creativos éramos los niños antes de la TV. Con alambre acerado de parral improvisábamos el aro y con alambre dulce la guía. Aún me suena en la memoria el sonido metálico que provocaba el roce de ambos alambres.

   

Esa noche no hubo fiesta bereber. Algunos muleros tenías sus familias demasiado cerca y las normas sociales son muy rígidas entre estas gentes. En su lugar, estuvimos improvisando canciones con Mohamed de percursionista. La luna, cercana al cambio de fase, salió por el este esplendorosa pero con cierta perdida de su esfericidad. Me sentía bien y no tenía sueño así que me fui por el barranco hasta el río. En chanclas y ocultada la luz lunar por frondosos almendros sin podar, entre una orografía tortuosa como la de los sueños y suelo irregular, ya tuve que tener ganas para terminar la aventura. Siempre me fue placentero cagar a la luz de la luna, pero esa noche, después del esfuerzo, entre trinares de pájaros nocturnos, agarrado a un palo rodado, solo con mis miedos y nostalgias y bajo la luz de una luna achaparrada, lo hice mejor que nunca.