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Tercer día Todos sabíamos que sería el día más duro. Más de 7 horas de caminata por terreno pedregoso, subidas y bajadas pronunciadas, ascenso a la cima de Siroua. En el recorrido no encontraríamos aldeas, ni niños, ni mujeres lavando en el río, sólo roquedales, nieve y cada cual consigo mismo con las dudas sobre sus posibilidades. En los primeros tramos la subida era suave y el sendero estaba jalonado por formaciones rocosas sugerentes y, paralelo a la marcha, un río alimentado por el deshielo se esfuerza por crear verdor en la proximidad del surco que domina. El paisaje es frío, el suelo pedregoso y salteado por matorral de alta montaña. No obstante luce el sol y no parece que tengamos contratiempos importantes para hacer la subida.
Al rato, en un descanso, Mikel consulta su altímetro y decepcionados comprobamos que solo hemos ascendido unos 300 metros. El duro esfuerzo todavía está por llegar. Oteando las montañas de enfrente comprendemos donde se encuentra las mayores dificultades. En el fuerte ascenso el grupo se dispersa como indicando que ya no vale ir a “rebujo” y que corresponde a cada cual sacar sus mejores cualidades de montañero. El camino se pierde y sólo vale la dirección que marca nuestro guía, nuestro querido Mohamed que, experto en su tarea, sabe imponer al grupo un sabio ritmo lento pero constante. En broma solía decir “el guía que tenemos trivializa esta subida, es una subida con truco”. Javi, sabedor de sus limitaciones, procura ir siempre que puede tras él.
Mercé se ha levantado con algunas molestias estomacales y su subida se hace más penosa aún. More, la guía de Banoa, paciente, se queda con ella para animarla y si es necesario, ayudarla. A pesar de todo, ambas prosiguen la subida. El esfuerzo de Mercé, luchando en cada instante con su debilidad, es quizá el más admirable de todos.
Al cabo de un rato de duro esfuerzo llegamos a una planicie donde se puede divisar ese especie de montículo de rocas que es el Siroua (3.305m). Sencillamente, impone un poco la verticalidad de sus paredes. La subida la realizamos en dos tramos, el primero, con nieve, bordea un roquedal por la derecha hasta llegar a una planicie donde descansamos y dejamos las mochilas. El segundo es ya la pared vertical que lleva a la cima. Algunos deciden sabiamente no continuar. Los demás, colocados frente a sus miedos, subimos. A la mitad de la subida hay una cornisa sin apenas posibilidades de agarre para las manos que obliga a cada cual a sobreponerse al vértigo y a confiar en las capacidades que en otros momentos semejantes fueron sacadas a relucir. La pericia de Mohamed en este lugar se manifiesta inmensa dando apoyos precisos a quienes lo necesitan. Varias veces tuvo que recorrer la estrecha cornisa. Finalmente, felices por el logro, llegamos a la cima desde la que se puede divisar la cadena montañosa del Altas mirando hacia el norte y, hacia los lados este y oeste, las crestas del Antiatlas que acompañan al Siroua. Al sur, impreciso por la bruma, se extiende el desierto del Sahara. Tras un breve descanso, que aprovechamos para hacernos las fotos usuales con nuestras mejores sonrisas, iniciamos el lento descenso.
Si el ascenso se hizo en dirección Noroeste, ahora el descenso debemos hacerlo en dirección Suroeste. “Prácticamente haremos una uve” solía decir More para explicarnos el recorrido. Las fuertes pendiente, sin apenas sendero, y un suelo pedregoso hacen penosa la bajada. Los rostros comienzan a reflejar el esfuerzo, se vuelven serias, distantes algunas, “de pocos amigos”. El tobillo de Javi comienza a darle problemas. En un alarde de imaginación decide meterlo en las aguas frías del río Wanrane. El remedio funciona eficazmente. Pasamos por una zona de verdes prados y construcciones rusticas en piedra para meter el ganado en estaciones del año más benignas. Se parecen mucho a las corralizas que en otro tiempo abundaban por la Sierra de Gador para meter las cabras y que ahora, en desuso, están en avanzado deterioro. Imagino la gran influencia de los moros en los 800 años que vivieron entre nosotros en Andalucía. Ángel, perspicaz, sugiere que también puede deberse a las necesidades semejantes que han tenido un pueblo y otro, buscando soluciones prácticas que han resultado ser semejantes. Conciliadores que somos por naturaleza, decidimos que ambas hipótesis pueden ser igualmente plausibles a falta de mejores datos. Proseguimos la bajada.
Poco a poco el firme del suelo se hace más llevadero, el pedregal da paso a una mullida capa terrosa que en poco tiempo nos lleva a divisar nuestro campamento donde ya los muleros habían plantado nuestras tiendas en una zona de corralizas denominada Taghrara (2.400 m). Un detalle que se agradece.
De nuevo, tras la cena, preparan una gran fogata con matorrales secos del lugar. Con menos inhibiciones que el día anterior nos adentramos en una juerga desenfrenada. Con más o menos éxito, intentamos imitar los cánticos bereberes, sus palmeos y sus movimientos mientras todo el grupo, en círculo frente a la hoguera, va girando lentamente. El momento se hace entrañable. Esta noche, debido a que el campamento esta encajonado entre montañas, a la luna le cuesta salir.
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