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Segundo día:
Tras el desayuno, iniciamos la marcha atravesando el angosto roquedal. Costó trabajo atravesar la zona pues la formas redondeadas de las áridas rocas eran acompañadas por hermosos ejemplares de palmeras, almendros e higueras. Un sol recién salido rompía con fuerza y hacía más brillante el lugar. Las posibilidades de fotos buenas se multiplicaban.
Ascendiendo plácidamente por encima del curso del río vimos una escena que nos dejó fuertemente impresionados: tres jovencitas del lugar se echaban a la espalda una carga de hierba que podría ser 4 veces el volumen de sus delgados cuerpos y lentamente comenzaban a subir una inclinada cuesta. Ya más cerca vimos que sus edades eran aún menor de lo nos hizo parecer sus esfuerzos. Aún más, parecía que la carga no les pesaba pues hablaban entre ellas como si el peso lo llevara otro, en el largo trayecto que anduvimos juntos en ningún momento descansaron y parecían más preocupadas por nuestra presencia que por su esfuerzo. Nos sorprendió comprobar que hasta el momento solo vimos trabajar a mujeres.
A la salida del pueblo de Ait es Sine, a lo lejos, el grupo de niñas, que habían dejado ya sus cargas, se habían organizado espontáneamente para obsequiarnos con una preciosa cancioncilla bereber que poco a poco, en cada repetición, se iba perdiendo en la distancia. Aún sin saber qué quería decir, algunos de nosotros, al repetir silbando el soniquete, nos encogía agradablemente el corazón. Más adelante, agachadas en el río y con un esfuerzo visible, dos mujeres lavaban la ropa. Al pasar por su lado se levantaron para ocultarse de las fotos, aunque, un poco a escondidas, pude captarlas cuando observaban el paso del resto del grupo.
Atravesamos las aldeas del fértil valle del Azafrán, si bien esta planta no la pudimos ver dado que florece en otoño. Después atravesamos por las vegas de otros pueblos, Ait Diya, Ait Ma’rouf, Ait’Amrane, Assaka .. En esta aldea paramos a tomar un té.
En todos los lugares se repetía el mismo protocolo. Éramos recibidos por un tropel de niños que bulliciosos se revolvían entre el grupo de excursionistas pidiendo algo de dinero. Más o menos, llegando a las afueras, como si existiera una línea mal definida que no se podía atravesar, las niñas eran las primeras en desaparecer mientras que los niños continuaban un trecho más a nuestro lado. Estos desistían al oler alguna frontera que marcaba el territorio ajeno. En ningún momento supe precisar los lugares donde unas y otros dejaban de acompañarnos. Al acercarnos a la siguiente aldea, salían sus habitantes más pequeños a recibirnos y vuelta a empezar. Los adultos del pueblo eran aún más reacios a ser fotografiados y solo los descuidos permitían sacar alguna que otra foto.
Tagouyamt fue el último pueblo del valle antes de iniciar una acusada subida por la ladera pedregosa y árida. Era sorprendente ver el fuerte contraste entre la fertilidad de su huerta instalada en el cuenco del valle y la tierra agreste que se extendía justo por encima de las casas más altas, por donde también se ubicaban rudas cercas de piedras circulares quizá para la trilla del cereal.
Más arriba, un poco antes de llegar a la aldea de montaña de Tizgui, a la izquierda del camino pudimos contemplar los impresionantes graneros sujetos de forma inverosímil a la vertical de la pared rocosa. La tenaz construcción en un lugar tan inaccesible habla de la importancia que tenía para los lugareños preservar de los enemigos sus alimentos en otros tiempos donde las hostilidades entre tribus eran moneda de cambio usual.
El protocolo de recibimiento también se cumplió en esta aldea, pero esta vez, los niños nos acompañaron hasta el lugar de acampada, Thaghboula (2.300 m), lo cual indicaba que era el último pueblo antes de entrar en terreno de alta montaña. El lugar era delicioso. Un espeso césped tapizaba la zona, por el centro, un riachuelo se abría paso entre las rocas y las jaimas ya estaban plantadas. La luz del atardecer alcanzó justo para plantar las tiendas.
Durante la cena, los muleros bereberes arrancaron arbustos secos para así mantener un fuego alrededor del cual comenzaron a entonar sus canciones y a bailar a su ritmo. Una luna espléndida volvió a salir por el horizonte del este y, así, embrujados por el momento, nos fuimos incorporando a su fiesta. Respecto a la danza de éstos, cada cual la interpretaba a su manera, unos se esforzaban por imitar los mismos movimientos, otros hacían versiones más discotequeras y, los más tímidos, recortaban con pudor sus movimientos. De cuando en cuando, los muleros nos daban la iniciativa. Fue entonces cuando bordé un “María de la O” acompañado con pandereta bereber que no salío nada mal. Dani esbozó sin mucho éxito canciones del norte. Entre todo intentamos recordar otras canciones de la península con menor acierto aún. De nuevo, los muleros cogieron el mando de las panderetas, como intentando mostrar que sus ritmos simples y repetitivos, eran lo mejor para ese momento mágico. Un bidón de agua imitaba el grave sonido del tambor. Sin duda tenían razón, estábamos en territorio bereber y sólo sus canciones resonaban mejor en espacios tan especiales y remotos. La noche se nos hizo inolvidable
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