Primer día:

Salimos temprano desde Marrakech hacia tierra de bereberes entre la cordillera del Atlas y el desierto del Sahara, dispuestos a conocer los modos de vida y entornos naturales de estas gentes y de paso subir al Siroua, la cima más alta del macizo montañoso del Antialtas (3.305m). Dos 4x4 y un microbús repletos de mochilas y petates de 12 excursionistas de varios lugares de la península (6 catalanes, 4 vascos, 1 navarrica y 1 andaluz), que, dispuestos a todo, habíamos decidido usar las vacaciones de Semana Santa para hacer algo diferente que rompiera con la cotidianidad.

Vista del Atlas justo antes de iniciar la subida al Tizin Tichka

Atravesamos el Altas por Tizin Tichka, un puerto de montaña de parajes ariscos y árboles solitarios dispuestos ortogonales a las laderas y de formas aún más difíciles. Parece que también la zona es generosa para dar formas minerales que los locales aprovechan para sacar unos “cuartos” a los turistas. Nosotros, como turistas que éramos, también compramos preciosas geodas después del esforzado y necesario regateo que acompaña toda “buena compra” que se haga por estos parajes. Puro diálogo entre personas de culturas tan diferentes con el que, a la vez que media el precio, permite conocer un poco más al otro y lo hace más humano a pesar de la chilaba.

A unos 5 kilómetros antes de llegar a Tazenak nos desviamos a la derecha por una pista de tierra que nos deja cerca de Assais. A partir de aquí continuamos a pie durante algo más de una hora a fin de tomar el primer contacto con la zona antes de acampar. A pesar de su mimetismo, vimos las primeras “douars” (aldeas de montaña) que, realizadas con materiales del mismo lugar, se confundían fácilmente con el paisaje.

   
   

 

También vimos los primeros habitantes de la región que decidían ocultarse al ser enfocados por las cámaras de fotos. Más adelante encontramos unas niñas que arrancaban con hoces la maleza de la cebada. A ver que eran objeto de nuestras cámaras salían despavoridas, menos asustadas que juguetonas por evitar un enfoque fácil. Pasado el peligro de la foto continuaban su trabajo que, a pesar de su dureza, no parecía pesarles. Los niños, más ociosos, sí que tenían tiempo para seguirnos a la vez que pedían unas monedas.

Las peculiares construcciones en las “douars” y las vestimentas de sus gentes evidenciaban estar en territorios con modos de vida muy diferentes a los de nuestra tierra de origen. De algún modo también me proyectaban en el tiempo para hacerme recordar momentos de mi infancia cuando la vida era más austera y la tele, el colacao y el plástico aún no existían. Cuando se desayunaba sopas de pan, se calentaba la leche en infernillos de gas y se coloreaba con cebada tostada.

Bajando una colina divisamos la aldea de Tislit (1.550 m) donde habríamos de pasar la primera noche. Las gentes salieron a recibirnos. Algunos portaban alfombras que intentaban vender. En el centro del pueblo, casi derruido, el granero abandonado lucía con los últimos rayos del sol.

   

Un poco más lejos, girando a nuestra izquierda divisamos una estampa que nos dejó atravesados y quietos durante un buen tiempo. Al lado del río, por la zona donde éste sufría una angostura, un roquedal de ensueño jalonaba ambas orillas, dos jaimas blancas, cinco muleros con sus mulas y un cocinero esperaban nuestra llegada. Sin tiempo para recuperarnos, un momento mágico envolvió el lugar: a la vez que el sol se ocultaba por el oeste, impregnando de suave luz anaranjada las laderas más altas, una luna pletórica e hinchada de luz aparecía por las montañas del este. Poco a poco la tenue luz del lugar convirtió el agua remansada del río en espejo para así reflejar el mágico roquedal. Un embrujo moro atravesó el lugar.